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Daniele Reggiani

Homenaje a todos los poetas callejeros

La musica no es peligrosa

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“Hacer una afirmación musical significa decir la verdad, principalmente sobre nosotros mismos, y no todos están dispuestos a hacerlo”.

Es la frase que aparece escrita en la contraportada del libro-entrevista publicado en julio de 2019: Kodachrome Love. Palabras y sonidos de amor en las estacións de la era digital.

Les puede resultar extraño a las personas que no practican música hablar acerca de una “afrimación musical”, y aún así la música, a pesar de que no sea acompañada por una prosa, habla, y habla más o menos en manera clara – dependiendo de cómo esté hecha y de quién la escuche.

¿Y dice la verdad? Oh, miente, siempre miente, como cada palabra, cada gesto, cada acción. Los seres humanos no tienen ninguna posibilidad, hablando – o creando música – de no mentir. Sin embargo, la música dice la verdad de nosotros mismos, es decir, quizás dice la verdad mejor que las llamadas palabras verbales, traiciona precisamente lo que no queremos mentir; traiciona algo que es verdad, no en el sentido de una verdad revelada, de interpretarla tal cual, poner en las mesas las leyes e imponerlas a todos (porque la verdad es indiscutiblemente una, es decir, es una, es tal cual, con tal de no discutir de ello, considerándola sagrada), sino en el sentido de una verdad efectiva: la verdad de algo que yo, ahora, me encuentro delante, que no entra en los cánones de las leyes ya establecidas y que, aunque quisiera hacerlo, no lograría realizar sin malentendidos. De esta verdad efectiva, particular y equívoca, se trata en una afirmación musical.

Crear música por lo tanto  conlleva  aceptar un riesgo de verdad más allá de nuestras intenciones y de nuestras ideas mismas, o nuestra  ideología. Aceptar lo que está delante de nosotros, casi siguiendo un feeling – el feeling es lo que aparece en nuestra mente sin que lo hayamos pedido, como cuando se te ocurre un color, u otra cosa, así, sin ningún motivo aparente –, estar dispuesto a este riesgo de verdad, excluye, de hecho, el peligro.

Por el contrario, peligroso sería tratar de esquivar lo que tenemos delante de nosotros, es decir, esquivar nuestros proprios pensamientos, esquivar lo que llamé feeling con tal de evitar malestar (considerado negativo), para acomodarnos en nuestra “zona de comfort” aparentemente protegida, asegurada por la razón y la ley. Porque todo lo que se dice a través de la experiencia de la plabra, de la música – quizás porque se considera inútil, vulgar, disfuncional o inapropiado – no se va, no desaparece, no “se sana”, sino que regresa a la realidad como una pesadilla o un perseguidor. Por lo tanto no vale decir “Tengo demasiados pensamientos”, “No pienses más en ello”, “No hablemos de ello”, porque los pensamientos no nos abandonan, o en todo caso, para quien los considere molestos, se pueden conventir más molestos aún. Sin embargo, los pensamientos no nos hacen daño, ni siquiera a quienes consideran que tienen  muchos: es, más bien, su intento a no hacer daño.

Por lo tanto, la música no es peligrosa, peligroso es ahuyentarla, del mismo modo que ahuyentar los pensamientos o evitar los sueños.

Existen personas que no sueñan, o al menos dicen que no sueñan cuando duermen. Y existen personas que no quieren escuchar la música. No es cuestión de pobreza: se puede soñar incluso teniendo poco dinero para poder comer, incluso comiendo mal – es más, quien come mal sueña mejor, como se suele decir –, y hoy en día qualquiera puede escuchar música sin comprarla. Por lo tanto no es cuestión de pobreza, sino de miseria. De todas formas se puede hacer, se puede también sobrevivir en la miseria, sin sueños y sin música, y sin marcas físicas o externas que denuncien esa carencia.Y aún así es peligroso, porque el intento de no perderse en la quimera (en los sueños, entre las notas, en medio de las palabras engañosas) nos lleva a la deriva, y para quedarse con los pies bien plantados en tierra, se acaba abrazando por completo a la locura. No es tanto la locura psiquiátrica, la locura  que un paciente  medicalizado o un vago escenifica, sino más bien la locura de la normalidad, la del infierno.

Por el resto, si no se crea música (escuchar música es ya crear música) non pasa nada. No se producirá ningún milagro (un milagro es que suceda algo, no tiene nada que ver con la magia del hada o del taumaturgo), pero no morirá ni siquiera ninguno. De la misma manera que ninguno se  ha muerto jamás por un amor no correspondido, y mucho menos por nunca haberse enamorado en absoluto.

En definitiva, no existe en realidad ningún peligro, no en crear música, pero tampoco en no crearla. Pero hay quien asume y espera el peligro, y por lo tanto se limita, no habla, no crea, no escribe, por ejemplo, por miedo a desnudarse o por miedo de desvelar un rey desnudo que podría vengarse. En realidad no hay nada que desvelar, ningún desnudo que exhibir; y aún así esta idea es sufuciente para crear justamente ese peligro inexistente del que desearía salvarse.

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